La sociedad que se nos fue

Hace un par de días estuve recordando mi infancia, la memoria trajo al presente aquéllos sucesos y locuras que realicé entre las que se encuentran jugar futbol en plena calle, participar en alguna pelea con un vecino, ir en bola al parque (guiados por nuestra vecina Chela) en fin, un sinfín de actividades que me tomaría mucho tiempo compartir. Sin embargo, a pesar de tener buenos recuerdos de esa época en general, el recuerdo que más llamó mi atención fue el hecho de que conocía los nombres de cada uno de mis vecinos, y que, además, conocía a sus papás y sabía a qué se dedicaban éstos.
La realidad de nuestra ciudad hoy es distinta, la mayoría de nosotros no conocemos a nuestros vecinos y ni siquiera se nos ocurre pensar en tratar de promover algún tipo de fraternidad que vaya más allá de un saludo de buenos días. Esto se refleja incluso en la urbanización de los espacios disponibles de nuestra ciudad, cada vez se observan más desarrollos habitacionales con “acceso controlado” es decir, vivimos cada vez más en privadas buscando separarnos de los demás a fin de sentirnos más seguros. Desafortunadamente, esa misma percepción de inseguridad hace que dejemos de asistir a parques, que dejemos de caminar por las calles y hasta que permanezcamos en nuestras casas evitando salir a menos que sea indispensable. Sin darnos cuenta, hemos cedido nuestro terreno a personas que se dedican a cometer crímenes de bajo y alto impacto sacrificando así nuestra libertad de desplazamiento.
Hablando del tejido social…
Ahora bien, antes de continuar hablando de este tema, considero necesario explicar  que el tejido social es aquello que tenemos en común las personas que pertenecemos a una comunidad. Incluyendo lo que nos une y que nos hace ser lo que somos y sentirnos parte de una misma cultura o tradición.
Regresando al punto, la situación de encierro voluntario es una de las consecuencias de lo que se conoce como “ruptura del tejido social” que en pocas palabras significa que, como individuos, hemos perdido la capacidad de conectarnos con nuestros semejantes en diversos niveles, preocupándonos únicamente por nuestro bienestar y por el de aquellos que queremos. La situación que describo tiene su base en distintos frentes entre los que destacan aspectos económicos, sociales y laborales. Es decir, su análisis no es tan sencillo como pudiese pensarse a priori.
Expertos en la materia se refieren a esta situación como una patología social que tiene consecuencias graves como traumas sociales que requieren de una atención especializada que en México aún no tenemos. De acuerdo con Olmos (2011), desde que el narcotráfico comenzó a mostrarse con todo su poderío, en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, van por lo menos dos generaciones de jóvenes que se ha formado en un ambiente de crisis institucional, corrupción, desempleo, falta de oportunidades educativas y una desilusión en la representatividad popular de partidos y gobierno.
¿Y la violencia?
Como consecuencia de lo señalado previamente, algunos clústeres de jóvenes mexicanos eligen ingresar a las filas del crimen organizado bajo la idea de que es preferible vivir bien aunque sea algunos años (con el riesgo de muerte que conlleva) que tener una mala vida y llegar a viejos siendo pobres.
Gil (2015) refiere que desde hace casi un siglo, cuando se dio la llamada Guerra Cristera (1926-1929), México no vivía una etapa de violencia y muerte como la que vivimos hoy, con 35 mil 500 ejecutados (oficialmente), 3 mil 500 desaparecidos, miles de secuestrados y poblaciones enteras en el desamparo. Fernández (2013), nos comenta que es esta violencia la que permite que surjan las peores lacras de nuestra sociedad (sin importar si tienen o no vínculo con la delincuencia organizada).
En un texto de autor no citado publicado por el periódico La jornada (2016), se menciona que es preciso que las máximas cúpulas gubernamentales cobren conciencia del problema en toda su magnitud, su profundidad y su tragedia y, además de restaurar el estado de derecho…en [diversos] puntos del territorio nacional sumidos en circunstancias semejantes, emprendan de una vez por todas un viraje radical en la estrategia de combate al narcotráfico y otras expresiones delictivas mediante un enfoque social, laboral y educativo que empiece a romper el tejido social del narco.
Gil (2011) señala que hasta el momento no se ve la luz o una salida al grave problema del crimen organizado, porque se trata de un conflicto de alcances internacionales y con profundos intereses de grupos poderosos en países como Estados Unidos, como la industria del armamento.
Propuestas y soluciones
Finalmente, después de describir lo que se ha señalado aquí estimado lector, la única solución que se me ocurre que podemos implementar los ciudadanos de “a pie” es mostrar un mayor interés por lo que le sucede a las personas con las que convivimos y estar atentos sobre la forma en que podemos ayudar a otros con nuestro talento, conocimiento o habilidades.
Soy consciente que la propuesta raya en un idealismo quizá romántico, pero tengo fe en que es posible crear suficiente sinergia para combatir la debacle en la que todos luchamos día a día por sobrevivir. Es cuánto.
@asesorjd

 

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