Delito en nuestra ciudad: consecuencia de que no haya castigo

De la historia del delito

Castillo Medieval - delito

En diversos documentales cuya historia se basa en la Edad Media, se pueden observar métodos de ejecución como forma de castigo al delito.

Dichos actos se realizaban en público generalmente en la plaza principal y su realización contenía un beneficio en dos sentidos:

  1. Para la población el castigo al delincuente se volvía tangible y con ello, sentían que existía justicia.
  2. Para el Estado éste tipo de prácticas era una forma de dirigir la conducta de los habitantes. Demostraba su poder y enviaba una advertencia clara para aquéllos que eligieran desviarse de las normas que regían la conducta para esa población.

Es claro que un Estado utiliza de diversas maneras sus aparatos de control para normar o regular la conducta de los individuos que acoge su territorio. En los Países más democráticos, este tipo de prácticas se utiliza para promover el respeto a los derechos de todos, para brindar y asegurar protección a sus habitantes y para que el mensaje de “no privilegios sesgados” se difunda. En las naciones con menos suerte, evolución o intención por favorecer el avance social, éstas prácticas se utilizan para favorecer y fortalecer dictaduras donde se aplica la Ley del más fuerte, siendo que el Estado se asegura este lugar para sí mismo y los grupos de poder que le permiten mantener su hegemonía.

El cambio en el castigo al delito

Regresando un poco con la cuestión del castigo y de acuerdo con Foucault (2002) se considera importante señalar que fue a finales del siglo XVIII e inicios del XIX que los sistemas punitivos del delito comenzaron a sufrir grandes cambios, fomentando que el espectáculo público emigrara a un sistema más privado donde incluso ya no fuese necesario maltratar el cuerpo del delincuente a través de métodos que asemejaran delitos castigables.

Para ejemplificar de mejor manera lo citado previamente, basta recordar que en Pensilvania Estados Unidos, hacían que los convictos realizaran trabajos forzados en la vía pública, usando una argolla de hierro en el cuello. Además de esto, también les hacían vestir de forma colorida y tenían que utilizar una bala de cañón sujeta a su tobillo. Todo esto les exponía a la humillación pública y también a recibir retos, injurias, golpes, burlas o señas de rencor por quien transitare por ahí.

Con el paso del tiempo, el sistema judicial continuó evolucionando para volverse más suave contra los delincuentes. Lo anterior bajo la idea de que era mejor humanizar las consecuencias de un delito y enfocar el castigo en el alma del trasgresor y ya no tanto en su cuerpo.

Para entender esto de mejor manera, basta recordar lo dicho por Foucault (2002): “Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso castigar.” Así que a partir de la evolución del sistema judicial, se redujeron las penas físicas y sobre todo, desapareció el espectáculo que evidenciaba a quiénes delinquían. Sin querer, esto dio pie al desarrollo de un mundo completamente distinto, uno donde el criminal puede valorar las consecuencias de sus actos antes de ser apresado y así considerar de manera objetiva el costo beneficio que tendrían sus acciones. Esto aplica para todos los delitos.

Edificio Central UASLP - cero delito

En nuestra ciudad

Desafortunadamente, en nuestra ciudad es posible observar cómo  la violencia escala de manera rampante, sin retroceso y al parecer sin consecuencias ni castigo para los perpetradores. Para dar un ejemplo claro que nos ayude a comprender el problema basta recordar que hace unos días fueron apresados un grupo de delincuentes que se dedicaban a asaltar casas-habitación entre los cuales se encontraba el hijo de un director de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado. Esto evidencia justo lo que hasta aquí se ha venido señalando, el criminal puede elegir libremente sí delinque o no con base al posible castigo que recibirá. En redes sociales hay personas que señalan que el personaje en cuestión ni siquiera fue procesado debido a que las víctimas fueron “influenciadas” para no presentar denuncia y por lo tanto, no se pudo realizar nada respecto al delito.

Así, como este suceso suceden mil cosas y situaciones cada día, sin que la ciudadanía perciba reacción por parte de las diversas fuerzas de seguridad que convergen dentro del territorio de nuestra ciudad y sin que se procure justicia de manera efectiva.

 

Consecuencias del delito

Consecuencias del delito

Esto tiene diversas consecuencias:

Primera

Una espiral de crecimiento del delito. Sucede por que el maleante se percata que a la autoridad no le importa perseguir los delitos del fuero común. Basándose en que las acciones de ésta no reflejan esfuerzo por inhibir el crimen.

Más allá, los delincuentes de cuello blanco también saben que no sucederá mucho si trasgreden las normas que debiesen regular sus conductas. Y éstos se encuentran en la iniciativa privada o en la función pública donde quizá provoquen más daño que los ladrones de autos.

Basta observar cuántas personas son despedidas de empresas al ser descubiertas robando. O los señalamientos a funcionarios públicos de todos los niveles por participar en ecuaciones de corrupción diseñadas perfectamente. Sin que alguno de ellos reciba un castigo ejemplar que haga que los demás piensen si vale la pena involucrarse con el desvío de recursos.

Segunda

Otra consecuencia de la falta de aplicación de la Ley, es que la frustración social crece a pasos agigantados. Después de robos a casas, es comprensible que los vecinos al atrapar a un ladrón prefieran tundirlo a golpes antes que entregarlo a las autoridades.

La desconfianza en las autoridades provocada por no aplicar castigos a quién delinque hace que las personas prefieran tomar la justicia en sus manos. Finalmente, al menos de esa manera perciben estar siendo resarcidos de alguna manera de todo el malestar que les aqueja día con día.

Tercera

La tercera consecuencia de esto es la falta de auto regulación de conducta por parte del individuo. Recordemos la propuesta del Panóptico de Foucault quién en su momento estudio el efecto psicológico que tenía la torre de vigilancia en los reclusos. Consitía en que los criminales al sentirse observados evitaban desarrollar conductas violentas o que fueran contra el reglamento de la penitenciaria. Esos tiempos quedaron atrás.

Para dar fe de esto, solo falta manejar un poco por las calles y avenidas de nuestra ciudad. Seguramente encontrará vehículos mal estacionados, circulando donde no deben, dando vueltas prohibidas o siendo conducidos por personas violentas que creen que la calle les pertenece. Esas personas olvidan que las reglas de convivencia se crean para promover que todos los que aquí habitamos lo hagamos con sensatez. Si no le apetece conducir mucho, dé una vuelta a su plaza comercial de preferencia un sábado por la tarde-noche seguro observará lo mismo.

Se considera que la peor consecuencia de la nula aplicación de consecuencias por incumplir la Ley es el incremento de la violencia entre nosotros, ciudadanos. A través de la frustración y el gandallismo de algunos, volvemos a la época de la barbarie donde el que tiene más fuerza se impone. Con esto desaparece el convenio que garantiza el libre tránsito sin temor en nuestras calles. El peligro que esto representa es la desintegración de nuestra comunidad, del alejamiento entre nosotros, del poco interés por el otro. Es decir el desvanecimiento de la sociedad tal y como la conocemos.

Solución

La solución a este conflicto tiene 2 vertientes:

La primera es exigir a las autoridades que realicen su labor, aunque no estén acostumbradas a la crítica ni a cumplir todo lo que prometen. Esto debe incluir por supuesto, la aplicación clara, transparente y expedita de penalidades que castiguen a quién trasgrede el orden social en cualquier sentido. Siendo necesario que no importe si son diputados, secretarios, empresarios o ciudadanos.

La segunda acción que urge realizar es dejar de sentirnos dueños de todo y merecedores de un trato especial solo por ser nosotros. Bajémosle 2 rayitas a nuestro amor propio y sumémoslas al aprecio por lo que la otra persona representa.

 

Recomendaciones

Leer el libro Vigiliar y castigar, de Michel  Foucault

Lee mi artículo: Civismo o decadencia

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